Prisas como enrredaderas al cuello, la voz que se me atranca en el pecho.
Sin verla me redimo ante mi única dios, ley y flor colosa.
Música celeste, de ti me alimento. ¿Quién te sacará de mi pensamiento?
Levedad de humilde andanza, somos el vaivén del aire, su danza.
Ingenuos que esperan ser eternos, vivir en el Edén.
Y no puedo callarme... ¡Que me amarren los pies! ¡Que no salga corriendo!
Extrañas palabras, extraño seguir viviendo. Llamar y que abran al momento.
Chíllame, que yo note tu furia, que yo sienta que estás viva.
Que tu voz me reprima, que tus sones me sonrojen, ¡que tus dulces palabras de alma me despojen!
Odio tu tristeza, más que a mi guitarra desafinada,
Más que al niño que ya no cree en las hadas.
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