No hubo más que silencio en aquellas angustiosas partidas, un silencio que desgarraba los oídos.
El gorjeo de un niño que luchaba por vivir, y un padre que, sin saber muy bien cómo hacerlo, le dio la vida durante un tiempo.
Una música estrepitosa, alimentada por el rugido de un lobo que buscaba saciar el hambre que el frío había traído a su manada.
Un hachazo.
Un ángel de sepultura incompleta; pues, si los ángeles existen, sabrán de quién se trata.
Algo tan oscuro como la muerte se ceñía sobre algo tan pálido como la nieve.
Un lápiz, un cuaderno.
Un valiente.
El anónimo que creyó ser un poeta, un rapsoda. Y lo fue, fue el poeta de una efímera vida que bebía leche en paños, y el poeta de una mujer que cayó rendida ante la guadaña para dar vida a sus entrañas.
Es un cometa estrellado en una luna menguante que llora,
la silueta de la mano de un niño,
rostros sin sepulto, y cientos de veces un nombre: Rafael.
Es una muerte que acechaba lenta, que se cubría en lamentos.
Es un muchacho que murió en lo vivido,
es... un manuscrito encontrado en olvido.
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